Pero es un gustazo escucharle:
Al final no tengo claro si es un niño, o un loro. Lo que si me queda claro es que, efectivamente, no es pariente de un mono.
Pero resulta taaaan moooono... que nadie lo discutiría.
O argo
Elaborada como siempre, con la receta que marca la traducción... (pero con cebolla muy picadita, muy picadita)

Esto que a continuación reproduzco lo he sacado de una página cristianísima:
Así,
La resolución se basa en el hecho de que “esa escena, y los comentarios que la acompañan, pueda ser catalogada, indiciariamente, como un escarnio –en el sentido contemplado en el tipo penal- de la creencia de
En la resolución de
La reacción a lo que indudablemente se podía considerar como un delito de “ofensa a los sentimientos religiosos” de los católicos, previsto en el Código Penal en su Art. 525.1, no se hizo esperar. “
Totalmente deplorable y absolutamente inadmisible: a los señores de la audiencia se les olvidó incluir que el cristo es depositado en una fuente de cristal vulgar, SOBRE UN LECHO DE CEBOLLAS CORTADAS, y que se deja en el horno, pero no un fuego ardiente tal como el infierno (ya saben aquel lugar donde irán a parar todos aquellos que los cristianos decidan, es decir todos aquellos pecadores que no piensen como ellos) sino a un fuego MODERADO, durante tres días. Que, quieras que no, ambos lapsus debieran considerarse como atenuantes.
Como resulta que es delito no voy a poner enlace ninguno, no vaya a ser que algún católico se ofenda (que los hay), pero si voy a decir que si pones en el youtube las milagrosas palabras “cocinar un cristo”, el vídeo pecaminoso y delictivo te sale y vas tú y lo miras. Si te ofende es cosita tuya.
En el fondo no hago otra cosa que dar publicidad al dichoso vídeo (que ni es gracioso ni nada) igual que la cristianísima página.
De todas formas, últimamente, los cristianos en general se ofenden con mucha facilidad.
Eso si, no les ofende:
el saltarse la ley a la torera,
el discriminar a sus propios creyentes,
el tener en nómina a elementos como Jiménez Losantos, don Fedeguico , al (ex)terrorista y ¿escritor?, revisionista histórico y colaborador en blogs Moa, don Pío, o al todólogo Vidal, don César,
el encubrir pederastas (véase a la "arcimonse" de Madrid -si hombre, el de la sobrina que enseña las tetas-, por cierto ¿éso no es delito?, lo de enseñar las tetas no, lo de acoger y esconder pederastas)
el costearse campañas publicitarias radiotelevisivas, para que los paganos, los de hacienda, les pongamos la cruz a cuestas… (creo que esa campaña la pagamos todos los españoles que el año pasado pagamos impuestos, pero nada, que debe de costar poquito, como cierta capa púrpura de cinco metros que cierta monse toledana, Cañi, para los amigos, se ciñó no hace mucho y que se la portaban -la capa- seis diáconos), y un largo etecé que me da mucha pereza enumerar.
Total. Que ni reírte vas a poder sin que se sientan ofendidos. Mártires ellos.
Menuda tropa. Que dijo el otro.
El autor es un catedrático de filosofía, vienés, talmente como el Danubio azul, que tiene por gracia Hubert Schleichert.
Me lo leí. Por supuesto. Pero, la época de indolencia, o, simple y llanamente, la indolencia, era mucha, y, pues eso, que no me enteré de nada. Incluso me aburrí durante su lectura. Acabé el libro con un mal regusto. Con muchos remordimientos.
Este año, me he dado otra oportunidad, y la cosa, realmente ha cambiado.
Incluso voy a confesar que me ha abierto los ojos un poquito y he visto la luz, y que tal vez dentro de poco vuelva a releerlo.
Así, de primeras y sin hacer un análisis. Ni muy ni poco exhaustivo. Parece estar dividido en partes dos.
Durante la primera, te va explicando o enseñando, las trampas lógico-argumentales que todo buen fanático y/o manipulador puede y debe utilizar, como por ejemplo: el principio de generalización y el argumento de excepción, los principios de justicia o igualdad, el de la slippery-slope (por mal nombre también conocida como “pendiente resbaladiza”), la argumentación a majore, o a minore, el argumento ad temperantiam, o el argumento ad hominem.
Hay muchísimas más trampas argumentales, que yo, pobre mortal ignoraba, y sinceramente, aún ignoro, porque conocerlas implica un ejercicio volitivo que realmente no sé si estoy dispuesto a llevar a cabo.
Todo buen manipulador debe de conocerlas, sin embargo, y casi todos los ovejiles seguidores de los mismos las utilizan como loritos reales que quieren una galleta, sin saber qué es lo que están haciendo.
Esperemos que estos manipuladores no las conozcan exhaustivamente, aunque es una esperanza vana. Me temo. Algunos de ellos tienen mucha experiencia acumulada, yo diría que incluso a lo largo de dos mil años, o más.
El vienés, talmente como el café, expone ejemplos históricos con los que trata de aclarar su discurso, que, como buen filósofo, a veces se aparta un poquitico del discurso del común de los mortales. Pero el “muchacho” explica bien, y al final, uno acaba por entenderlo.
En la segunda parte, explica, enseña, cómo ha de enfrentarse uno ante un energúmeno de esos que los librepensadores califican normalmente como fundamentalistas, corriendo el riesgo de que también se lo apliquen a ellos, por supuesto incorrectamente y haciendo un ejercicio de espuria libertad.
Decía, cómo enfrentarse ante un energúmeno de ésos: no cayendo en sus trampas argumentales; no separarse ni un ápice del discurso contrario y utilizar los trozos del mismo que nos sean útiles para devolvérselos convenientemente bañados en la subversión más total que existe: el humor.
Total, no le vas a convecer… De momento.
Pues, sí, al final hasta te ríes un poquito, tampoco mucho, sin pasarse ni nada.
Como resumen, debo decir que he sacado varias cosas en claro, pero tal vez lo más importante, y por lo que la lectura de este libro me ha resultado interesante y además, incluso, recomendable, es el no discutir, no perder el tiempo argumentando con alguien que está negando sistemáticamente la validez de tus principios argumentativos.
El autor lo explica mejor, claro, y más culto, porque incluso lo dice en latín: “Contra principia negantem, non est disputandum”.
Sin embargo, creo que se le entiende perfectamente.
Y tiene toda la razón. (No seré yo quien se la quite).
La única salida es no apartarse ni un poquito de la objetividad, usar de su “argumentación”, y procurar pasar un buen rato.
Porque en realidad, “lo que se cree sin argumentos tampoco puede refutarse concluyentemente con argumentos”.
Un buen tipo, este vienés, talmente como el tercer hombre. O argo.